Mi amor,
Se me pasó el Día de las Rosas Amarillas y no te di nada. Nada. Y no te voy a echar el cuento de que andaba ocupadísimo, porque la verdad es que me confié, se me fueron los días y cuando reaccioné ya era tarde.
Así que en vez de una rosa que en tres días queda marchita en un vaso, te armé esto: un jardín que no se seca, que abres cuando quieras y que sigue aquí después del último pétalo.
Y ya que estoy, te digo lo que pienso cada vez que te veo y casi nunca digo en voz alta.
Esa piel morena tuya. Le queda bien todo, no te voy a mentir, pero cuando te pones algo amarillo no es que se te vea bonito: es que parece que el sol aprendió a quedarse quieto en un solo lugar, y ese lugar eres tú.
Y esos ojos café, mi amor. No sé decirlo sin sonar cursi, así que lo digo tal cual: son como el primer café de la mañana. Oscuros, tibios, de esos que te despiertan de golpe y te dejan pensando todo el día. Eso me hacen a mí.
Y hay algo que casi nunca te digo y debería: gracias por aguantarme tanto tiempo sin aburrirte de mí. Por quedarte, por seguir eligiéndome, por acompañarme incluso los días en que yo no soy el más fácil de querer.
Perdón por la demora, en serio. Aquí va mi rosa, aunque llegue con días de retraso.
Te amo.